El
oro, las plumas y los decorados egipcios y babilónicos traen a la memoria los rebuscados
argumentos bíblicos que llenaban los teatros líricos hace algo más de cien años; los
motivos bordados que cubren las pesadas capas representando a Venus, Apolo, Baco, Júpiter
o Marte evocan las grandes composiciones alegóricas que decoran los palacios barrocos.
Unos y otros persiguen el mismo fin que sus antecesores: mostrar, mediante alusiones,
algunos pasajes de la historia sagrada y, sobre todo, algunos aleccionadores mensajes que se resumen en uno. El triunfo de la
religión sobre el paganismo, la victoria de la verdad sobre las falacias de un mundo
seductoramente brillante, debían quedar demostrados de forma contundente, abierta e
irrebatible aun a costa de tener que reproducir el lujo de las aborrecidas mentiras
paganas. Y en Lorca se reproduce con una entusiasta exageración.
Quizás hoy resulte oscura la
justificación del espectáculo. Hoy apenas conocemos el significado de aquellos dioses
olímpicos, cada uno de los cuales cargaba con el símbolo de uno o varios pecados
capitales, o de los emperadores romanos, responsables de persecuciones contra los primeros
cristianos y, de paso, de alguna odiada cualidad de los poderosos; o de aquellas
civilizaciones bíblicas que personificaban los designios del dios de Israel para con el
pueblo elegido. Pero lo cierto es que cuando nació el espectáculo, cuando se fue
conformando al calor de las hermosas modas de su tiempo, la Semana Santa lorquina era
simplemente un resumen eso sí, algo sobrecargado de lo que el cabildo pretendía hacer
comprender a sus fieles. Entonces todos lo captaban espontáneamente o bien mediante una
somera explicación. En caso contrario, la propia demostración del poderío y la riqueza
serían argumentos más que suficientes para convencer al más incrédulo.
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